El P. José me pidió un día que escribiera mis “memorias” de
Lwena, que dejara por escrito todo lo que había vivido. Y la verdad es que me
pareció imposible. No porque no quisiera compartirlo, ni porque haya sido poco,
sino porque no sé cómo escribir tanto, no sé cómo escribirlo sin limitarlo, sin
sacarle color. Fue una experiencia tan linda, tan grande, con tantas cosas que
escribiéndolo iba a parecer menos. Pero igualmente voy a intentarlo y espero poder
trasmitir mucho. Y para hacerlo pensé en
separar la experiencia en tres virtudes. Una experiencia de caridad, una
experiencia de fe, y una experiencia de esperanza. Y así voy a describirla.
Fue una experiencia de caridad porque me encontré con una
comunidad religiosa que entregó su vida por una misión, por un pueblo, por amor.
Una comunidad que dejó todo, su tierra, sus costumbres, sus familias, sus
amigos, todas las cosas que para cualquier persona son importantes. Una
comunidad que deja sus corazones en una obra, una obra que es un nuevo “todo”
en su vida. Y siendo esa misión todo lo que tienen, generosamente la
compartieron con migo. Abrieron esa puerta, ese nuevo todo suyo, para que yo
pueda ser testigo, y experimentar la grandeza del amor de Dios.
Fue una experiencia de caridad porque me encontré con un pueblo que ama, con un pueblo angolano que todavía no occidentalizó el corazón. Que no tiene miedo a amar, a compartir, a darse, sin esperar nada a cambio. Me acuerdo de una ocasión, encontramos un chico perdido, máximo 4 años, y yo salí a buscar a la madre, y no la encontré y me trabé, no supe responder, no sabía qué hacer. Y se hacía de noche, y uno de los trabajadores, como si fuera normal, y sin ninguna duda, lo agarró y lo invitó a su casa, lo bañó, le dio de comer, y lo cuido hasta que apareciera alguien que lo buscara. Y me di cuenta que yo me había justificado diciéndome que “había hecho todo lo que podía”, pero mi amor llegaba hasta ahí, amar más era comprometerme demasiado. Como esa, miles de experiencias en las que aprendí que estaba en un lugar donde me estaban enseñando a amar, de verdad y sin límites.
Fue una experiencia de caridad porque me encontré con un pueblo que ama, con un pueblo angolano que todavía no occidentalizó el corazón. Que no tiene miedo a amar, a compartir, a darse, sin esperar nada a cambio. Me acuerdo de una ocasión, encontramos un chico perdido, máximo 4 años, y yo salí a buscar a la madre, y no la encontré y me trabé, no supe responder, no sabía qué hacer. Y se hacía de noche, y uno de los trabajadores, como si fuera normal, y sin ninguna duda, lo agarró y lo invitó a su casa, lo bañó, le dio de comer, y lo cuido hasta que apareciera alguien que lo buscara. Y me di cuenta que yo me había justificado diciéndome que “había hecho todo lo que podía”, pero mi amor llegaba hasta ahí, amar más era comprometerme demasiado. Como esa, miles de experiencias en las que aprendí que estaba en un lugar donde me estaban enseñando a amar, de verdad y sin límites.
Fue una experiencia de fe, porque me encontré con una
comunidad que tiene el corazón puesto en Dios. Que trabaja mucho, pero en
oración. Que hace de cada momento, de cada actividad, una excusa para estar en
comunión con Dios, o pidiendo, o agradeciendo, o solo haciéndolo presente. Con
una comunidad consiente que tiene limitaciones, pero que confía en Dios. Una
comunidad que tiene muy en claro cuál es su objetivo, y por eso trabaja en
silencio y con humildad.
Fue una experiencia de fe, porque me encontré con un pueblo que busca a Dios, que tiene sed de Dios. Con un pueblo que sabe que sin Dios la vida no tiene sentido. Una vez fui con algunos jóvenes del grupo de misión a visitar una casa, una casa muy pobre, donde vivían una señora, con su marido, su hijo y su hermana, ninguno trabajaba ni vendía asi que ya no tenían ni comida para alimentarse ellos cuatro. Pero charlando de la oración, la señora me dijo “¡Cómo voy a olvidarme de rezarle a Dios si es mi padre, si el me hizo!”. Y sonreí, y tuve que hacer silencio, ya estaba todo dicho.
Fue una experiencia de fe, porque me encontré con un pueblo que busca a Dios, que tiene sed de Dios. Con un pueblo que sabe que sin Dios la vida no tiene sentido. Una vez fui con algunos jóvenes del grupo de misión a visitar una casa, una casa muy pobre, donde vivían una señora, con su marido, su hijo y su hermana, ninguno trabajaba ni vendía asi que ya no tenían ni comida para alimentarse ellos cuatro. Pero charlando de la oración, la señora me dijo “¡Cómo voy a olvidarme de rezarle a Dios si es mi padre, si el me hizo!”. Y sonreí, y tuve que hacer silencio, ya estaba todo dicho.
Y fue una experiencia de esperanza de un pueblo que salió de
una guerra, terrible, pero que hoy con alegría esperan y trabajan por la paz.
Y fue una experiencia de esperanza, porque lamentablemente en mi país, en mi casa, en mis círculos sociales, no hay reunión en la que no se diga alguna frase como “estamos mal!” o “Este país se está yendo al tacho” o “los jóvenes de hoy en día..”. Pero yo freno, y pienso, que por más que pasen muchas cosas, que probablemente sean ciertas. Mientras todos se quejan, hay un hermano rezando el buen día con un montón de trabajadores, y sentado en el campo de juego del centro juvenil intentando llegar al corazón de los jóvenes. Mientras todos se quejan hay un padre que se dedica a estimular y acompañar cientos de jóvenes de una parroquia y de una escuela. Mientras todos se quejan hay un padre que prepara su auto y sale, a visitar personas que el mundo entero se olvidó que existían. Mientras todos se quejan, yo tengo en el corazón, la certeza de que todo va a estar bien.
Y fue una experiencia de esperanza, porque lamentablemente en mi país, en mi casa, en mis círculos sociales, no hay reunión en la que no se diga alguna frase como “estamos mal!” o “Este país se está yendo al tacho” o “los jóvenes de hoy en día..”. Pero yo freno, y pienso, que por más que pasen muchas cosas, que probablemente sean ciertas. Mientras todos se quejan, hay un hermano rezando el buen día con un montón de trabajadores, y sentado en el campo de juego del centro juvenil intentando llegar al corazón de los jóvenes. Mientras todos se quejan hay un padre que se dedica a estimular y acompañar cientos de jóvenes de una parroquia y de una escuela. Mientras todos se quejan hay un padre que prepara su auto y sale, a visitar personas que el mundo entero se olvidó que existían. Mientras todos se quejan, yo tengo en el corazón, la certeza de que todo va a estar bien.
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