Dentro de este viaje, en el que no sabía con qué me iba a encontrar, al que fui con no mucho más que un par de remeras y algunos pares de medias, por que no sabía que iba a hacer ni con qué me iba a encontrar, en el que estaba teniendo que usar todas mis capacidades linguísticas para poder entender el portugués, y poder compartir en castellano, portugués o inglés, depende con cual de los voluntarios, dentro de todo eso, llegamos a Calulo. Pero no llegamos a un pueblo, frenamos en un Santuario. Y cuando dijeron Santuario inmediatamente pensé en los Santuarios de Schoenstatt que suelen acompañarme en mis retiros, no porque sea del movimiento si no porque el movimiento siempre nos acoge a mi y a mi grupo misionero. Entonces llegué a un Santuario, eran las 4.30 masomenos pero a esa hora acá ya empieza a atardecer, entonces el sol estaba bajando, con el contorno bien marcado y con un color bien naranja. El Santuario quedaba sobre un morro, de modo que desde donde nos bajamos de la camioneta se veía todo el pueblo, bajo la luz del atardecer. Y por si le faltaba algo, estaba terminando una misa, y se escuchaba el coro de la misa, un grupo de señoras Angolanas que estaban cantando, sinceramente parecía un coro que venía a acompañar el paisaje. Fue Increíble. Todos nos bajamos de la camioneta y no lo podíamos creer, era paradisíaco. "Los traje a conocer un poco del cielo" dijo Lucas, el brasilero que nos estaba llevando a recorrer. Y la verdad que sí. Además del paisaje, cuando la gente salió de la misa vinieron especialmente a saludarnos. Los chicos y las señoras por que eran más que nada niños y señoras, ya no señoras de la ciudad como en Luanda, señoras africanas, señoras del interior de Angola, señoras y niños cuyas caras, cuya piel, cuyas miradas, cuyas sonrisas trasmitían paz y alegría.
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